Raúl Valladares Pavón: Digitalización Pública, motor de competitividad

Raúl Valladares Pavón

En los últimos años, la digitalización del sector público dejó de ser un tema de modernización estética y se convirtió en una discusión de competitividad, confianza y calidad de vida. Cuando un Estado se digitaliza bien, el resultado no es un portal nuevo: es una administración que ahorra tiempo, reduce costos invisibles, mejora la transparencia y hace más fácil emprender, estudiar, invertir o simplemente resolver lo cotidiano.

Para explorar esa transición -de lo superficial a lo estructural- Raúl Valladares Pavón, consultor en comunicación y gestión reputacional, con experiencia en proyectos corporativos y públicos explica qué elementos hacen que un Estado digital funcione, qué aprendizajes ofrecen los casos de éxito y cómo podría aplicarse ese marco a cualquier administración pública.

“Digitalizar no es colgar formularios. Es rediseñar el servicio con una obsesión: que el ciudadano sienta que el Estado le devuelve tiempo”, dice en esta entrevista Raúl Valladares.

El espejo de los casos de éxito: infraestructura invisible, resultados muy visibles

El caso más mencionado es el de Estonia, habitualmente señalado como modelo gracias a la creación de una arquitectura estatal interoperable: entidades que intercambian información de manera confiable sin exigir a la población repetir constantes datos. En el centro del esquema estonio suele destacarse una capa de intercambio de información (X-Road), descrita como un mecanismo protegido que enlaza plataformas públicas y privadas para enviar y recibir datos. 

A esa lógica se le asocia el “once-only principle”: el principio de “una sola vez”, según el cual ciudadanos y empresas deberían entregar ciertos datos estándar a la administración una única vez, para que luego puedan reutilizarse entre entidades con garantías adecuadas.

Ese planteamiento se ha destacado en foros internacionales dedicados al gobierno digital, incluido el marco comparativo difundido por la United Nations sobre el avance del gobierno digital, donde se mencionan naciones que encabezan el ranking más reciente, como Dinamarca, Estonia y Singapur. 

Más cerca cultural y regionalmente, Uruguay suele aparecer como ejemplo de continuidad institucional y política pública sostenida, con estrategias de gobierno digital que buscan fortalecer la relación entre ciudadanía y Estado y avanzar en transformación digital. 

“Los países que lograron resultados positivos comprendieron algo esencial: la transformación digital no consiste en reunir proyectos aislados, sino en construir una arquitectura coherente. La tecnología influye, pero lo verdaderamente determinante es cómo se diseña el sistema y la constancia para mantenerlo”, señala Valladares Pavón en esta entrevista.”

De la promesa al método: los pilares que se repiten cuando funciona

En la mayoría de los casos de referencia, suelen presentarse componentes similares, aun cuando se denominen de manera diferente:

1) Identidad digital y firma confiable

Sin disponer de un método sólido para acreditar a la persona o a la empresa en línea —y para firmar gestiones con validez—, lo digital queda incompleto: termina obligando a regresar al papel o a la atención presencial para “verificar”.

2) Interoperabilidad: lograr que el Estado deje de operar como islas

La interoperabilidad marca el contraste entre un portal que solo “admite trámites” y un Estado que realmente “soluciona”. Cuando las instituciones no intercambian información de forma segura, el ciudadano acaba convertido en mensajero del propio Estado, trasladando certificados, copias y constancias de una ventanilla a otra.

“Cuando un gobierno realmente se digitaliza, los datos se desplazan y la persona deja de ir de un lado a otro”, señala el entrevistado. “La situación ideal es que el ciudadano no tenga que probarle al Estado aquello que el propio Estado ya conoce.”

3) Principio “una sola vez”

La reducción de fricción no depende de añadir más pantallas, sino de evitar repetir información. El principio once-only pasó a ser un criterio útil para evaluar la modernización: ¿cuántas veces solicitan exactamente lo mismo?

4) Servicios “digital-by-default”, con alternativas inclusivas

Lo digital funciona como ruta principal, aunque no debería ser la única. Los Estados que progresan suelen conservar atención presencial, soporte telefónico y vías accesibles, sobre todo para quienes enfrentan dificultades de conexión, edad o habilidades digitales.

5) La seguridad, la privacidad y la resiliencia deben asumirse como requisitos esenciales, no como simples soluciones improvisadas

Un Estado digital que carece de ciberseguridad se convierte en un riesgo estructural; y sin una adecuada protección de datos, termina alimentando la desconfianza. Por esta razón, los modelos ya establecidos se refieren a la confianza digital como parte de la infraestructura esencial. En el caso de Estonia, por ejemplo, el discurso público sobre e-gobernanza integra la noción de una reutilización de datos segura y de avances orientados a servicios proactivos. 

¿Cómo se aplica esto a cualquier país?

La respuesta más efectiva rara vez es grandilocuente; suele ser práctica y directa: no consiste en “digitalizarlo todo”, sino en seleccionar un conjunto reducido de acciones de gran impacto, ejecutarlas con excelencia y luego ampliarlas.

En la entrevista, Valladares Pavón lo describe así:

“Yo no empezaría por lo más complejo, sino por lo más doloroso y frecuente. Si resuelves bien tres o cuatro trámites masivos, construyes confianza. Y con confianza, el resto se acelera.”

Un método que pueda reproducirse en cualquier Estado generalmente contempla lo siguiente:

  • Un catálogo priorizado de servicios (los más usados, los más costosos en tiempo, los que más fricción generan a empresas y ciudadanos).
  • Un modelo de datos e interoperabilidad con reglas claras: qué se comparte, con qué consentimiento, con qué trazabilidad.
  • Un tablero de métricas públicas: tiempos promedio, tasa de resolución, tasas de error, número de visitas presenciales evitadas, satisfacción del usuario.
  • Un marco de gobernanza que sobreviva a los ciclos políticos: estándares, compras tecnológicas, ciberseguridad, talento digital.

“Lo importante es que la digitalización tenga una brújula: servicio y confianza. Si el ciudadano siente claridad, trazabilidad y rapidez, se gana legitimidad. Y cuando se gana legitimidad, se puede pedir más cambios”, añade.

El beneficio más pasado por alto: una transparencia concebida desde el inicio

Además de agilizar las gestiones, un Estado digital bien concebido suele limitar la discrecionalidad, ya que al quedar documentados los procedimientos, las decisiones pueden auditarse y cualquier excepción se vuelve más evidente, y aunque esa trazabilidad no reemplaza el control institucional, sí lo vuelve más sencillo.

En palabras del entrevistado: “La transparencia no consiste en un comunicado; es un sistema en el que cada acción deja rastro y en el que el ciudadano puede consultar el progreso de su trámite sin apoyarse en favores, contactos o vías informales.”

Una conclusión alentadora aunque prudente

La digitalización pública deja de ser un capricho tecnológico para convertirse en un mecanismo de eficiencia social: cuando se implementa con rigor, recorta gastos, disminuye la fricción al crear y formalizar, vuelve más accesibles los servicios y genera un ambiente en el que confiar resulta una decisión más lógica.

La idea final de la entrevista condensa el espíritu de los casos exitosos:

“El mejor gobierno digital es el que casi no se nota. Se nota en la vida: menos filas, menos incertidumbre, más respuestas. Cuando el ciudadano deja de ‘luchar’ con el Estado para resolver lo básico, el país gana energía para lo importante.”

Por Azanías Pelayo

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